Empresarios sin empresa muertos de miedo.



En realidad, al mundo le viene muy bien que tú te quedes en el sofá.

Que te distraigas viendo culos en Instagram,

o enganchando capítulos en Netflix.

Que bebas y olvides,

Que estés muy tranquilo, le viene bien.




Tener una familia y unos amigos que te quieren, una “tribu” que está ahí para ti, es muy importante y si no lo tienes todo se complica, pero hay una trampa.

El miedo.

La desconfianza.

¿De ellos hacia ti?

No, de ellos hacia el mundo.


Cuando alguien quiere hacer algo, 40 personas con la parte del cerebro que registra el miedo fundida de tanto leer y escuchar mierda sensacionalista le dirán:

No se puede.

Y si alguien pudo, es porque seguro que lo financiaron.

Y si no lo financiaron, es porque es un genio.

Y si no es un genio, es porque tuvo suerte.




(Todo menos pensar que los genios con suerte le pusieron ganas y dos cosas más encima de la mesa, mientras ellos aún se están buscando justo esas dos cosas.)




Mucho empresario sin empresa.

Menudo panorama.




Hoy, demasiada gente no se la juega porque las redes sociales y la vida les ha dejado el autoestima tan tocado que no se pueden permitir un error más.

Y es gracioso, porque es gente que todavía no lo ha intentado la mitad de la mitad de la mitad de lo que ha fallado el que sí lo ha conseguido.

Y caen en la trampa.

(y lo sé porque caí)


“Mejor no hacer el idiota”.


Pero en mi opinión (que sé que no me pides) muchos de estos “idiotas” aportan más valor que el resto de empresarios sin empresa que nunca hacen los idiotas.




Ponerse unos tapones para no escuchar el ruido que hace toda esa campaña de miedo, puede ser la clave si tienes algo que los demás quieran.

Y si lo tienes, quizá mejor trata de venderlo bien y mucho, no te hagas la vida más difícil de lo que es.

Ni que fueras un empresario sin empresa.

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